sábado, 27 de junio de 2009
La Maga - Rayuela - Julio Cortàzar
¿Encontraría a la Maga?
Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine,
al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguirlas formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado
a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua.
Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada
cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da cites precisas es la misma que necesita pape! rayado pare escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.
Pero ella no estaría ahora en el puente. Su fina cara de translúcida piel se asomaría a viejos portales en el ghetto del Marais, quizá estuviera charlando con una vendedora de papas fritas o comiendo una salchicha caliente en el boulevard de Sebastopol. De todas maneras subí hasta el puente, y la Maga no estaba. Ahora la Maga no estaba en mi camino, y aunque conocíamos nuestros domicilios, cada hueco
de nuestras dos habitaciones de falsos estudiantes en París, cada tarjeta postal abriendo una ventanita Braque o Ghirlandaio o Max Ernst contra las molduras baratas y los papeles chillones, aun así no nos buscaríamos en nuestras casas. Preferíamos encontrarnos en el puente, en la terraza de un café, en un cine-club o agachados junto a un gato en cualquier patio del barrio latino. Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. Oh Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor, una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra. Justamente un paraguas, Maga, te acordarías quizá de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco del Parc Montsouris, un atardecer helado de marzo.
Lo tiramos porque lo habías encontrado en la Place de la Concorde, ya un poco roto, y lo usaste muchísimo, sobre todo pera meterlo en las costillas de la gente en el metro y en los autobuses, siempre torpe y distraída y pensando en pájaros pinto o en un dibujito que hacían dos moscas en el techo del coche, y aquella tarde cayo un chaparrón y vos quisiste abrir orgullosa tu paraguas cuando entrábamos en el parque, y en tu mano se armó una catástrofe de relámpagos y nubes negras, jirones de tela destrozada cayendo entre destellos de varillas desencajadas, y nos reíamos como locos mientras nos empapábamos, pensando que un paraguas encontrado en una plaza debía morir dignamente en un parque, no podía entrar en el ciclo innoble del tacho de basura o del cordón de la vereda; entonces
yo lo arrolle lo mejor posible, lo llevamos hasta lo alto del parque, cerca del puentecito sobre el ferrocarril, y desde allá lo tiró con todas mis fuerzas al fondo de la barranca de césped mojado mientras vos proferías un grito donde vagamente creí reconocer una imprecación de walkiria. Y en el fondo del barranco se hundió como un barco que sucumbe al agua verde, al agua verde y procelosa, a la mer qui est plus félonesse en été qu'en hiver, a la ola pórfida, Maga, según enumeraciones que detallamos largo rato, enamorados de Joinville y del parque, abrazados y semejantes a arboles mojados o a actores de cine de alguna pésima película híngara. Y quedo entre el pasto, mínimo y negro, como un insecto pisoteado. Y no se movió, ninguno de sus resortes se estiraba como antes. Terminado. Se acabo. Oh Maga, y no estábamos contentos.
¿Qué venía yo a hacer al Pont des Arts?
Tac

tac
ese golpecito seco
tac
en medio de la frente
certero
tac
amor sin documentos
sabor amargo que te queda
para siempre
que antes no
Después
nada es igual
buscar
no encontrar
la llave maestra que enciende las luces de tu morada
el mapa que conduce a la piedra filosofal
un papelito con siete números
garabateados al descuido.
Oh bendita clave de seguridad
y estode andar
deaquìparallà
deallàparaquì,
cara o ceca,
da lo mismo
aunque en algùn minuto
no sepas donde te quedo el amor
igual te duele
tampoco
podes precisar en que esquina armaràs un altar para dejarle una flor
Entonces
que existe el olvido
aunque nada esté incólume
porque también existe el odio, el dolor, el llanto
Entonces existe el olvido aunque ya nada sea igual
ni los pasos de bailarina ave feliz
intentando un pas de deux
sino esto de andar lentamente
con un ancla sobre el hombro izquierdo
fuerza irresistible
para romperalguna madrugada
solo un barrote de la jaula maldita para què.
Patricia Ce
Patricia Ce
viernes, 26 de junio de 2009
Fraseario, Gabriel García Márquez
Debemos arrojar a los oceanos del tiempo una botella de náufragos siderales,para que el universo sepa de nosotros lo que no han de contar las cucarachas que nos sobrevivirán: que aqui existió un mundo donde prevalació el sufrimiento y la injusticia, pero donde conocimos el amor y donde fuimos capaces de imaginar la felicidad.
Gabriel García Márquez
Suscribirse a:
Entradas (Atom)