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viernes, 13 de febrero de 2009

De enamorados y desenamorados ´por Orlando Barone



Sudar no es tener fiebre. Un ramo de rosas en el día de los enamorados no significa estarlo. El amor reparte a la marchanta. Y es clasista. Por eso hay una clase superior: la de los “enamorados- enamorados”. Es excepcional. Rarísima. Y no sé si queda alguna de la especie. El “enamorado-enamorado” es como encontrar un tigre blanco de ojos a rayas verdes. El único lugar de residencia de esta clase de amor está en el arte y en el sueño, y no en la vida. Lo común y natural son los “enamorados estándar”. Y ya es bastante. Pero los estándar, para no sentirse menos, se agrandan y presumen de pertenecer al amor Premium. En cuanto a la de los “enamorados temerarios” tiende a ir desapareciendo. El amor también se ha aburguesado. Tiene más de derecha que de izquierda. Más de libido de sommier que de lecho de juncos. El amor ya no necesita andar escondiéndose de ningún carcelero. Hasta el adulterio que antes era una aventura aterradora tiene vía libre y encuentra cama en todas partes. Todo se hace al descubierto y al mayoreo. Y hasta aquel amor al voleo, trashumante, que era proverbial en el macho, hoy lo ejercen con igual o más intensidad las hembras. La calentura que bullía en la prohibición ya es nostalgia de novelas antiguas. Pero el amor es generoso. Por eso que el martirio de San Valentín ha terminado en restó, souvenirs y bombonería. 

La noticia del enamoramiento sigue teniendo prensa. Como si se tratara siempre de un gran incendio. Incendio al que el futuro irá convirtiendo en fuego controlado. Y después en fueguito, y en llama baja; y paulatinamente en apagado o extinguido. El más frecuente es el amor de llama baja. Será porque es cómodo y permite mantener la cocción del producto sin arrebatarlo. Lo fantástico del amor es que solo los incendiados creen que estarán eternamente encendidos a fuego máximo sin quemarse y sin consumirse. O sin pasarse. Se sabe que el amor pasión permanece dos o tres años. No hay que desalentarse. Porque se refiere a una misma pareja. Y la vida permite variaciones. Al amor pasión puede continuarle el amor hábito, que es el que más demanda tiene. Hace como veinticuatro siglos los griegos Aristóteles, Hesíodo y Parménides fueron los primeros en sugerir que “el Amor constituye la fuerza que mueve las cosas y las lleva y las mantiene juntas”. Pero en aquel tiempo la vida era cortísima. Y los enamorados se morían antes que el amor muriese. Hoy el amor se aburre de envejecer en los mismos cuartos y conversaciones. De besarse cada día en un mismo beso que languidece. Y por eso de tanto ir mudándose tiene un llavero lleno de llaves. El enamoramiento es un tránsito. Por suerte el “amor” es largo. No tiene fin. Y nosotros solo somos sus portadores efímeros.

Orlando Barone

Sobre el Autor
Orlando Barone es escritor y periodista. Trabaja en el diario La Nación y en la revista Debate, así como en La Mañana de Continental. Fue el gestor del mítico libro de diálogos entre Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato, y publicó recientemente “Imperdonables”, una compilación de notas publicadas en diversos medios, entre ellos Continental.
Sobre el Blog
Con su Carta Abierta, Orlando Barone abandona las formalidades del lenguaje periodístico y mira la realidad desde otro lugar, con el tono más apasionado de un ciudadano y el más elaborado de un escritor.

martes, 10 de febrero de 2009

San Valentín - Orlando Barone

San Valentín es un santo importado. Bueno: casi todos los santos y los demonios nacieron en otra parte. Pero de tanto marketing que tiene se pavonea como si fuera auténticamente nativo. Deberíamos exportar a San Ceferino. Pero es demasiado petiso y eso le quita expectativa. También está el “Gauchito Gil” que aunque no fue ningún santo la gente lo adora. En los años sesenta, el goleador de Boca era un brasileño llamado Paulo Valentín que de tanto que la hinchada lo quería lo entronizó como santo. Sobre todo cuando le hacía goles a Ríver. Entre tantas reliquias orgánicas y arqueológicas sagradas como ser esqueletos, sudarios, cabezas, pelos, vísceras y hasta suspiros de virgen guardados en frasquitos, corre la leyenda de un relicario ya perdido que contendría una uña de San Valentín. Sí, una uña: no se sabe si pintada o comida. El relicario habría sido robado en Roma en la época del Papa Clemente VII. y no fue encontrado. Pero nada se dice del corazón del santo. Debe haber sido grande. Ojalá no haya corrido la suerte del de Fray Mamerto Esquiú que acabó en la basura.

Si es que de allí no se lo robó un gato con hambre.

Lo que parece cierto es que de San Valentín queda el cráneo. En la iglesia Ntra. Señora de Asunción, en Castilla , estaría conservado como reliquia. Y junto al de Santa Engracia, ya que fueron decapitados juntos. Otros dicen que el cráneo estaría en Italia. Cráneo más cráneo menos: huesos sobran. Para hacerse una idea , un cráneo es algo así como la calavera de Hamlet pero sin Alcón y sin Shakespeare. El cráneo pelado sin sesos, ni carne, es como una sandía calada sin pulpa ni semillas; como una careta de Haloween. O como una de esas cabezas que se usan, peladas, a las que no hace falta que los gusanos las vacíen porque ya vienen peladas por dentro. En la Argentina San Valentín empezó a ponerse de moda por la vocación de facsímil que nuestra sociedad tiene. La última importación santa fue San Patricio, un santo que no resiste el más básico control de alcolemia. San Cayetano es otro, pero como cada vez hay más trabajo tiene miedo de quedarse sin clientes. El nombre Valentín significa que vale, que es fuerte. Es que hay que ser fuerte para resignarse a tanta dulzonería y declamación amorosa. En el rubro 58 del diario Clarín se acaban de publicar más de dos mil avisos de amor de gente a la que más que amar le gusta hacer “teatro” y “espamento”. Gente que se enamora únicamente hoy porque se usa. Y otra que no se enamora ni se enamorará nunca pero se miente para poder celebrar este día. Hoy no es el día de los enamorados: es el del amor de molde en manada, envuelto para regalo.

Orlando Barone

en el programa de Vìctor Hugo Morales

radio Continental, 2008

sábado, 19 de abril de 2008

Textual : Orlando Barone

Mario Pergolini tiene razón en haber parodiado en su programa al bailarín ciego de “Bailando por un sueño”. Tiene razón porque está en su naturaleza no poder ver más que el lado burlón de la vida. La de los otros: no la de él mismo. Es adicto a la chacota del pícaro de barrio, aunque sea barrio norte. El Inadi- a quien han recurrido algunas organizaciones para acusarlo- debería contemplar esta naturaleza “natural” del acusado como se contempla en un tribunal si un inconsciente es inimputable. O si en este caso lo mejor es someterlo a un control terapéutico. O a un desenmascaramiento. Pergolini no parece ser de quienes arriesgarían el rating a costa de dosificar su canibalismo. Esto le cabe también a Tinelli, aunque en este caso Tinelli es el caricaturizado indirecto. Hoy Pergolini, como tantas invenciones de nosotros- del público- es una consecuencia desbordada de su modelo original juvenil de hace casi dos décadas. Ya convertido en un progresivo monstruo popular, o en un boludo travieso, o en un modelo riente de ideología múltiple, o en un argentino adulto exitoso, se hizo el piola. Y se apioló a costa de Serafín Zubiri el bailarín español ciego que actuó en Show Match. Muchos en sus casas y ante el televisor viendo “Caiga quien caiga” deben de haber festejado la gracia en familia. Pero a ellos no los ve el Inadi: son discriminadores privados no públicos. Su coartada es el anonimato. La interpretación de Pergolini acerca de la participación de un ciego en un baile tiene una vuelta de tuerca. O de tuerquita. Plantea que quien se está burlando de la situación del ciego no sería él sino quien lo contrata: Tinelli. Entonces el culpable, el burlador sería el otro, que eligió para un show de entretnimiento a una persona que no ve: discapacitada. Pergolini ha cometido una brutalidad intelectual: no la de hacerse el canchero- que está dentro de sus discapacidades por las que se fue haciendo rico- sino por suponer que un ciego no se autodetermina. Que no elige, que no piensa. Que no desea tener éxito: que es un ser en letargo biológico. Y éste- no aquél- es el argumento que más lo delata en su desacierto. Es una perfecta coincidencia el choque entre dos meteoritos de la televisión -Pergolini y Tinelli- que resumen cierta parte ingrata y festiva de nuestro inconsciente colectivo. Esa parte que nos permite reírnos, sin arriesgarnos, de quienes se burlan de otros a cualquier costa. Que nos tienta a relajarnos a carcajadas de nuestra crueldad delegándola en un pícaro más temerario y audaz que nosotros.

Serafín Zubiri debe de estar pensando que no ver ciertas cosas , es después de todo un privilegio. La Argentina tiene dones mejores, que él podrá disfrutar aunque no vea. Además gracias a Pergolini ahora todos- hasta los que discriminan- se han dulcificado. En una de esas viene la moda de querer a los ciegos.

En mi caso no hace falta: mi madre era ciega.



La naturaleza del “monstruo” y la del ciego
04/17/2008 - 12:41:00
Autor: Orlando Barone