Lluvia verano
Ocasión
Azul sobre azul
Conjuro de palomas
Sombras, nada más
Sobre los días la noche
© PatriciaCe
Sobre los días la noche
© PatriciaCe

Caóticayo© PatriciaCe
Sábado, 10 de enero de 2009 a las 0:12
La astrología china es la astrología de los cinco elementos: Fuego, Tierra, Metal, Agua y Madera. Durante el año del Buey de Tierra hay un elemento de protagonismo excluyente: la Tierra, ya que el Buey es un signo que contiene mucha Tierra y además viene acompañado por este mismo elemento...
Tu elemento cuál es?
Fuente: fengshuimundo

Caóticayo© PatriciaCe
Foto: Man Ray


Todos los que me daban consejos
están mas locos cada día.
Por suerte no les hice caso
y se fueron a otra ciudad,
en donde viven todos juntos
intercambiándose sombreros.
Eran sujetos estimables,
políticamente profundos,
y cada falta que yo hacía
les causaba tal sufrimiento
que encanecieron, se arrugaron,
dejaron de comer castañas,
y una otoñal melancolía
por fin los dejó delirantes.
Ahora yo no sé que ser,
si olvidadizo o respetuoso,
si continuar aconsejado
o reprocharles su delirio:
no sirvo para independiente,
me pierdo entre tanto follaje,
y no sé si salir o entrar,
si caminar o detenerme,
si comprar gatos o tomates.
Voy a tratar de comprender
lo que no debo hacer y hacerlo,
y así podre justificar
los caminos que se me pierdan,
porque si yo no me equivoco
quién va a creer en mis errores?
Si continúo siendo sabio
nadie me va a tomar en cuenta.
Pero trataré de cambiar:
voy a saludar con esmero,
voy a cuidar las apariencias
con dedicación y entusiamo
hasta ser todo lo que quieran
que uno sea y que uno no sea,
hasta nos sino los otros.
Y entonces si me dejan tranquilo
me voy a cambiar de persona,
voy a discrepar de pellejo,
y cuando ya tenga otra boca,
otros zapatos otros ojos,
cuando ya sea diferente
y nadie pueda conocerme
seguiré haciendo lo mismo

Pero había, realmente, una luna tan inmensa. Una luna extraña y distante, brillando en el cielo, precisamente en ese momento en que él salía a la calle con la maleta y los diecisiete pesos en el bolsillo. Una luna fría y sin tiempo, corriendo por un pasaje de cartón piedra, inhóspito e inapresable. Había, también, el ruido clarísimo del órgano, en El Repello de Eufrasia, que giraba sin fin, sin tiempo, también terrible e invariable, acosando… ¿Qué hacer? La Luna, alta y cruel, observaba implacable, con su mueca habitual; el órgano, fijo y agresivo, rotundo chillaba en la medianoche… Si piensas ya no hay salvación, si te detienes y piensas, si por un instante vacilas, pereces. Oye el órgano, oye ese estruendo minucioso, oye y escapa. Corre… Pero la luna también es agresiva y fría. La luna es la versión del nuevo espanto que te aguarda, si huyes. Su resplandor brillante e inevitable te habrá de desnudar, te habrá de perseguir; habrá de proyectar tu silueta en los incesantes parajes de la soledad, de la miseria, de las nuevas ofensas. ¿Qué hacer? La luna llena, suntuosa y horrible, sin tiempo, lo ilumina, lo proyecta ya sobre una explanada inmóvil. Su milenario rostro de puta abofeteada decía: qué puedes hacer tú solo bajo resplandor. Entonces, él dejó de caminar –aún no había cruzado la esquina-, puso la maleta en el suelo y miró a lo alto. Al rostro invariable de la Gran Puta que, por encima de la chillona algarabía del órgano, al son del cual giraban los otros, seguía fluyendo, familiar, altiva y fría, por un escenario desolador.

El verano. Los pájaros derretidos en pleno vuelo, caen, como plomo hirviente, sobre las cabezas de los arriesgados transeúntes, matándolos al momento. El verano. La isla, como un pez de metal alargado, centellea y lanza destellos y vapores ígneos que fulminan. El verano. El mar ha comenzado a evaporarse, y una nube azulosa y candente cubre toda la ciudad. El verano. La gente, dando voces estentóreas, corre hasta la laguna central, zambulléndose entre sus aguas caldeadas y empastándose con fango toda la piel, para que no se le desprenda el cuerpo. El verano. Las mujeres, en el centro de la calle, empiezan a desnudarse, y echan a correr sobre los adoquines que sueltan chispas y espejean. El verano. Yo, dentro del morro, brinco de un lado a otro. Me asomo entre la reja y miro al puerto hirviendo. Y me pongo a gritar que me lancen de cabeza al mar. El verano. La fiebre del calor ha puesto de mala sangre a los carceleros que, molestos por mis gritos, entran a mi celda y me muelen a golpes. Pido a Dios que me conceda una prueba de su existencia mandándome la muerte. Pero dudo que me oiga. De estar Dios aquí se hubiera vuelto loco. El verano. Las paredes de mi celda van cambiando de color, y de rosado pasan a rojo, y de rojo al rojo vino, y de rojo vino a negro brillante... el suelo empieza también a brillar como un espejo, y del techo se desprenden las primeras chispas. Solo dándole brincos me puedo sostener, pero en cuanto vuelvo a apoyar los pies siento que se me achicharran. Doy brincos. Doy brincos. Doy brincos. El verano. Al fin el calor derrite los barrotes de mi celda, y salgo de este horno al rojo, dejando parte de mi cuerpo chamuscado entre los bordes de la ventana, donde el aceite derretido aun reverbera. (…)Pero las revoluciones no se hacen en las cárceles, si bien es cierto que generalmente allí es donde se engendran. Se necesita tanta acumulación de odio, tantos golpes de cimitarra y redobles de bofetadas, para al fin iniciar este interminable y ascendente proceso de derrumbe. (…)Las manos son lo mejor que indica el avance del tiempo. Las manos, que antes de los veinte años empiezan a envejecer. Las manos, que no se cansan de investigar ni darse por vencidas. Las manos, que se alzan triunfantes y luego descienden derrotadas. Las manos, que tocan las transparencias de la tierra. Que se posan tímidas y breves. Que no saben y presienten que no saben. Que indican el límite del sueño. Que planean la dimensión del futuro. Estas manos, que conozco y sin embargo me confunden. Estas manos, que me dijeron una vez: -tienta y escapa-. Estas manos, que ya vuelven presurosas a la infancia. Estas manos, que no se cansan de abofetear a las tinieblas. Estas manos, que solamente han palpado cosas reales. Estas manos, que ya casi no puedo dominar. Estas manos, que la vejez ha vuelto de colores. Estas manos, que marcan los límites del tiempo. Que se levantan y de nuevo buscan el sitio. Que señalan y quedan temblorosas. Que saben que hay música aun entre sus dedos. Estas manos, que ayudan ahora a sujetarse. Estas manos, que se alargan y tocan el encuentro. Estas manos, que me piden, cansadas, que ya muera.